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sábado, 20 de noviembre de 2010

Asesino Suelto...

Hola queridos observadores, esta vez quiero compartir con ustedes un escrito, semilla de un Libro que esta gestando mi amigo Jorge Graham.
Tal vez su oscuridad responde a la incansable busqueda de la luz para sus personales dias. Jorge es una persona sensible y valiente.
Este pasaje me lo recordó mi amigo Juan.
Seria hermoso y casi imprescindible que ustedes se animen a completar una lineas de lo que sucede de ahora en mas por las veredas del sufrido GERARDO GALLARDO...

XXI. El asesino de la calle Concordia

Absuelto de inocencia, caminaba por las húmedas baldosas de la calle Concordia el cruel Gerardo Gallardo. Sus manos bañadas en sangre oscilaban suavemente junto a su brutal cuerpo. Sus hundidos y pequeños ojos negros miraban en derredor con un aire de constante sospecha. Sospechaban sus ojos de todo, de los árboles que hacían sonar estrepitosamente sus hojas, del suave rocío que caía dulcemente sobre sus hombros cubriéndolo de un glorioso manto de frescura, incluso de las mujeres que, sensual o diabólicamente, rozaban sus carnosos muslos contra sus finas faldas, despidiendo lujuria por cada uno de sus poros. La ausencia de estas bellas criaturas no era motivo suficiente para dejar de sentir su aroma de perdición, no era motivo suficiente para dejar de sospechar de ellas. Todo era frío, todo era sombrío, incluso el más mínimo rayo de luz que golpeara sobre su pelo cedrino era digno de horror en aquella desolada calle.
El triste canto bañado en lágrimas de los pájaros lo hundía en melancolía, y los restos de sangre seca de la noche anterior (que hacía instantes se había escapado cobardemente por el horizonte, huyendo del mesías de fuego) hacían sus manos más pesadas de lo que eran, arrinconándolo así en una desesperada furia. Más pesadas eran, en efecto, sus manos no por la sangre, sino por la culpa, un extraño sentimiento que no había conocido hasta aquel día. Por la vergüenza, por la cobardía, por la muerte tal vez eran más pesadas. Quizás también se debía este singular fenómeno al incesante crecimiento de sus uñas, que era lo único que seguía desarrollando aquel envilecido cuerpo. Sospechaban los ojos del cruel Gerardo Gallardo hasta de sus propias manos. Enfurecido, plasmaba en ellas toda la culpa, las hacía únicas autoras del brutal crimen cometido.
Era razonable el comportamiento del sombrío y despiadado asesino. Cuando uno es protagonista de un homicidio tan irreversiblemente vil y sanguinario, natural es (dejando de lado la tiranía del criminal) que lo invadan las peores sensaciones de terror, paranoia e ira. Es posible incluso que las abrasantes llamas del infierno comiencen a incinerarle suave, pero despiadadamente las entrañas, sin importar si la sangre bestialmente derramada era inocente o culpable, lo mismo hubiera dado.
El efecto se agrava cuando la víctima del crimen es uno mismo.

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